En Tierra del Fuego y a lo largo de la costa patagónica hay una serie de faros centenarios que sobreviven como vigías colosales al borde de los acantilados. Los hay sobre la torre de una iglesia, en la última punta continental del país frente al estrecho de Magallanes, y en la remota Isla de los Estados, cerca del finis terrae que inspiró a Julio Verne.
Los faros. Tienen escaleras intrincadas e interminables. Catorce de los 62 faros que existen a lo largo de 4000 kilómetros de costa argentina están habitados por hombres de la Marina, tan misteriosos y lejanos como la torre que vigilan y que vigila.
Todos los días del mundo –desde hace 2285 años, cuando se encendió el faro de Alejandría– incontables cíclopes con cuerpo de torre abren sus ojos luminosos al atardecer y comienzan a “parpadear” desde las costas de los cinco continentes. A partir de aquel arquetipo de la isla de Pharos con una fogata en lo alto, el modelo de esos colosos de ladrillo ha cambiado poco y nada.
Sus hermosos y altos cardonales se yerguen en las laderas de los cerros. Cuentan las leyendas de los antiguos pobladores, que son indígenas que vigilan los valles y montañas ante la presencia de extraños. Precisamente son estos ejemplares de Cardones (Trichocereus pasacana), preciosos vigías del desierto, los que le otorgan el nombre al Parque Nacional.